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Artículos de opinión

Esta historia [también] merece contarse- PARTE II

31 oct 2021 l Leída 287 veces l 8 min l Compartir Artículo

La frase, tal y como la pronunció Sybil Milton, que fue Jefa de la sección de Historia del Holocaust Memorial Museum, de Washington, fue: «Esta historia merece contarse».  Con ella hacía referencia a la brutal persecución de más de diez mil Testigos de Jehová que padecieron de un modo o de otro la barbarie nazi.
Para este artículo, he insertado la palabra «también», porque la valiente objeción de conciencia durante el franquismo de unos mil jóvenes Testigos de Jehová en los decenios 1950-1970, pese a no haber revestido la crueldad sanguinaria vivida en los campos de exterminio, encierra lecciones memorables. Muchas se gestaron en el histórico Castillo de Santa Catalina, de la ciudad de Cádiz, donde tal vez aún se puedan escuchar sus voces…

LA DÉCADA DE LOS CINCUENTA

Después de la década de los años treinta, una nueva generación de jóvenes Testigos pasarían a engrosar las cárceles franquistas por objetar al adiestramiento militar. Tres casos llaman poderosamente la atención durante ese decenio:

Juan Sirera Bel, joven Testigo catalán perteneciente al reemplazo de 1954, destinado al Regimiento de Zapadores de Fortaleza núm. 1, del Primer Batallón destacado en Figueras. Su caso puede catalogarse, si se quiere, hasta de pintoresco, pues Juan, hallándose destinado en Figueras, se negó a tomar parte tanto en las obras de fortificación como en los servicios de cocina, afirmando que no colaboraría en ninguna actividad que tuviera que ver con el servicio militar. La extrañeza de su negativa —en una época en la que era impensable que alguien invocara el derecho, en aras de su conciencia, a no prestarse al adiestramiento militar—, provocó tal conmoción que, aunque se estimó que su negativa era constitutiva de un delito de desobediencia, él era «irresponsable de sus actos» a causa de un ¡«padecimiento esquizofrénico de evolución crónica y permanente»! Juan fue declarado «Inútil Total» y licenciado de inmediato en sentencia dictada el 11 de junio de 1956, en la que se le eximía del servicio militar.

Jesús Martín Nohales[1], madrileño, de la quinta del 1957, destinado al Regimiento de Infantería de Melilla, núm. 52, cuyo mando de más alta graduación era a la sazón el General de División Ramón Gotarredona Prats, Comandante Militar de la Plaza y máxima autoridad tanto militar como civil.

Jesús cuenta: «El 4 de junio de 1958 me decretaron prisión preventiva por haberme negado a vestir el uniforme militar y a tomar parte en prácticas y adiestramientos militares. Se me procesó, acusado de “insubordinación e indisciplina”, y posteriormente me destinaron a Melilla. Recluido en el Fuerte Militar de Rostrogordo, el Consejo de Guerra Ordinario se reunió para ver y fallar la causa abierta contra mí por el “delito de sedición”. El fallo fue de 15 años de reclusión militar por “un delito consumado de desobediencia”, y cuatro años más de prisión militar por “sedición”, que se sumaron a otros tres por mi negativa a someterme a todos los procedimientos de orden militar.

»Recuerdo como hoy —por no hablar de la brutal paliza que sufrí como consecuencia de mi negativa a vestir el uniforme militar—, los siete meses que pasé en una celda de castigo de cuatro metros cuadrados, junto al foso de aquella fortaleza, en la que entraba muy poca luz por un mísero ventanuco. Mis ‘enseres domésticos’ —ni siquiera tenía colchoneta, solo el suelo raso—, se limitaban a una lata de tamaño medio para mis necesidades. Más tarde fui trasladado al penal de alta seguridad de Ocaña».

Alberto Contijoch Berenguer[2], barcelonés, que inició su paso por las cárceles franquistas en el primer tercio de 1959. Tras once años de prisión, preguntado por un periodista del desaparecido El Noticiero Universal, Contijoch detalló las tres sentencias de las que había sido objeto.

En su libro La objeción de conciencia al Servicio Militar, Joan Oliver Araujo explica respecto a Contijoch: «Sufrió numerosas palizas y tratos inhumanos y degradantes, entre ellos podemos destacar el que tuvo lugar en Palma de Mallorca, cuando permaneció cuarenta y cinco días en calzoncillos en el calabozo, ya que le habían arrebatado la ropa de civil. Pero esto no era todo. Si el trato que recibían en los cuarteles era el que acabamos de describir, el que recibieron por parte de los hombres de Derecho no era tampoco demasiado correcto»[3].

LA OLEADA QUE COMENZÓ EN LOS SESENTA

La revista Historia 16, comentó en su día: «Hasta los primeros años 70, el gran público apenas tuvo noticias de la objeción de conciencia en España, protagonizada generalmente por los Testigos de Jehová. Sin embargo, el problema tenía ya más de una década, porque los primeros objetores habían sido encarcelados a finales de los 50. Su peripecia, trágica y curiosa, es casi desconocida, porque su corto número, el aislamiento de su comunidad y la censura de prensa confinaron el caso a los Salones del Reino, los tribunales y las prisiones militares».

Según la obra La objeción de conciencia en España, de Jesús Jiménez, en los diez años que transcurren de 1962 a 1973, que se haya podido comprobar, entraron en las cárceles franquistas y penales militares unos 264 jóvenes Testigos. ¿Qué supuso para todos ellos la privación de su libertad y cómo la afrontaron…?

UNA «DIABÓLICA» CADENA…

Las «condenas en cadena» constituyeron un atropello judicial que, en palabras de un jurista de la época trenzaban una «diabólica cadena» que podía alargarse hasta la edad de licencia absoluta. Con la aprobación de la Ley 29/1973, de 19 de diciembre se puso fin al delito de causa continuada. Después, con el Real Decreto 3.011/1976, de 23 de diciembre, por el que se regulaban las prórrogas de incorporación a filas por objeción de conciencia de carácter religioso, se dio otro paso importante hacia el reconocimiento de la objeción de conciencia como un derecho. El progresivo desarrollo legislativo al derecho a la objeción de conciencia sentó la base de su reconocimiento definitivo.
Para los objetores Testigos, defender la conciencia como espacio de libertad, pese a esa «diabólica cadena» y a las humillaciones de que fueron víctima, expresado con toda propiedad y en sus propias palabras: «Ha valido la pena».

Defender la conciencia es defender un espacio de libertad que debe ser inviolable, de otro modo, como declaró en su día Juan Pablo II, violar la conciencia «es el golpe más doloroso que se pueda asestar a la dignidad humana. En cierto sentido, es peor que causar la muerte física, peor que matar».

No hay que olvidar que «la objeción de conciencia existe desde que el hombre es consciente de su ser individual y opone sus concepciones particulares a la organización política, que le compele a realizar un acto que su conciencia rechaza». De hecho, las primeras actitudes objetoras por motivos de conciencia se remontan a bastantes siglos antes de la era cristiana... Véase el ejemplo de los tres hebreos y del propio Daniel. O el caso de Antígona que, al dar sepultura a su hermano, violando un edicto del rey Creonte, fue detenida. Ya ante el rey, Antígona manifestó: «No creí que tus decretos tuvieran tanto poder como para borrar e invalidar las leyes no escritas e inmutables […]»[4].

Sobre esas «leyes no escritas», el apóstol cristiano Pablo explicó que originaron del Creador, que Dios dotó al hombre de la facultad del libre albedrío, intrínsecamente ligada a la conciencia. Dijo: «La sustancia de la ley está escrita en sus corazones, mientras su conciencia da testimonio con ellos y, entre sus propios pensamientos, les acusa o les excusa»[5].

LA VIDA EN EL PENAL…

«En nuestro país, la casi totalidad de los objetores de conciencia pertenecen al grupo religioso conocido como Testigos de Jehová. Ellos fueron los primeros en plantear el problema, los primeros en ser condenados por su negativa a vestir el uniforme militar, y siguen siendo, con gran diferencia, el grupo más numeroso. En España, hablar de objetores de conciencia es hablar de los Testigos de Jehová.» Así se expresó Jesús Jiménez en su libro La objeción de conciencia en España[6], un estudio sobre el rechazo al servicio militar de una España en la que las líneas maestras del «Régimen» aún tenían vigencia.

A fin de subsistir a un período de reclusión indefinido, pues se les aplicó el nada ejemplar concepto de «condenas en cadena» por causa continuada, que podía alargar la condena hasta los 38 años de edad[7], los Testigos organizaron su vida en el penal conforme a este patrón:

Espacio espiritual
· Estudio personal de la Biblia y de textos bíblicos
· Reuniones conjuntas y conferencias de temas bíblicos
· Campañas de predicación por correspondencia
· Cursos bíblicos a reclusos comunes y bautismos

Ocupaciones manuales
· Pintura artística
· Ebanistería
· Orfebrería, y manualidades diversas

UN ASPECTO QUE MERECERÍA MÁS DE UN CAPÍTULO

¿A qué nos referimos?

Las mujeres Testigos también fueron objetoras. La larga espera vivida desde el sentimiento de las esposas, que aguardaron por años el regreso de sus maridos encarcelados sin quejas ni reproches, sino manteniendo vivo en todo momento el aliento de la lealtad, ofrece una perspectiva de la objeción de conciencia, como postura inamovible del cristiano, aún no estudiada en todos sus extremos. Ellas también fueron objetoras de una manera que, en algunos momentos fue incluso más dura que la de los jóvenes encarcelados en los penales militares.

SI NO POR ÚLTIMO, DIGAMOS POR FINALIZAR…

El fin gradual del «atropello» se inició, primero, en 1973, con la aprobación de la Ley 29/1973, de 19 de diciembre, con la que se puso término a las «condenas en cadena»; después, con el Real Decreto 3.011/1976, de 23 de diciembre, por el que se regulaban las prórrogas de incorporación a filas por objeción de conciencia de carácter religioso, y, posteriormente, por el desarrollo legislativo al derecho a la objeción de conciencia.

¿Cómo vivieron esos días los objetores que cumplieron entre 8 y 12 años de cárcel? Uno de esos objetores dijo: «Es verdad, somos al fin y a la postre una parte desconocida y por lo tanto ignorada de la historia contemporánea de España. Sin embargo, lo que aún siento muy dentro es que nadie pudo impedir que [mi conciencia] gozara de auténtica libertad […], la libertad que Jesús enseñó [cuando dijo]: “Si os mantenéis fieles a mi Palabra, […], conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”».[8]
 


[1] La Objeción de Conciencia al Servicio Militar (Universitat de les Illes Balears, Ed. Civitas, S.A., pág. 93).
[2] Ibidem.
[3] La Objeción de Conciencia al Servicio Militar (Universitat de les Illes Balears, Ed. Civitas, S.A., pág. 94).
[4] Antígona, de Sófocles. Ediciones Pehuén, pág. 12.
 [5] Carta a los Romanos 2:15. Santas Escrituras (Trad. Del Nuevo Mundo [1987]).
 [6] La objeción de conciencia en España, de Jesús Jiménez. Editorial Cuadernos para el diálogo, S.A.; Edicusa, Madrid, 1973, pág. 47.
 [7] La objeción de conciencia al servicio militar, de Joan Oliver Araujo; (Universitat de les Illes Balears, Ed. Civitas, S.A., pág. 98).
 [8] Juan 8:32; Biblia de Jerusalén, Ed. Desclée de Brouwer, 1967.
 

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